jueves, 15 de enero de 2009

--¡ Otra loca más en la familia !- (la voz retumbó en el cuarto)--
--¡ Pero que barbaridad estás diciendo, ella NO está loca!- (le gritaron a la voz)--
Aquellas palabras no habrían tenido demasiadas consecuencias si no hubieran salido de la boca del padre y estampado en sus catorce años como la cachetada más cruel.
¿Qué significaban aquellas palabras? ¿Era ya una loca o se convertiría pronto en una?. Jamás conoció la respuesta y por eso siempre tuvo miedo al porvenir.
Un día decidió que –fuera ya una loca o se encontrara camino a ello- debía hacer algo.
Llorar y reir demasiado son actitudes extremas e indicios de locura -se dijo- así que dejó de hacerlo.
Evito mirar fijamente a los ojos. Todos sabemos de la mirada desafiante del loco y como busca en los ojos del que lo rechaza, el motivo.
Y un día dejó de hablar, porque recordaba las conversaciones incoherentes de su tía Cata - la hermana de su padre- y sus constantes viajes al campo por su “delicada salud”. Ella sentía que –a veces- no lograba expresar claramente lo que le ocurría, por eso fue una suerte el día que escucho a su abuela decir que si Cata no hablase tanto quizás todo sería menos evidente. Entonces dejó de hablar, pero no de golpe, porque habría llamado mucho la atención.
Paso un tiempo y ella estaba realmente feliz pero se cuidaba de demostrarlo, al menos eso leí en su diario personal años después. Había logrado superar los desmayos y ya nadie tenía que correr a sostenerle la cabeza. Evidentemente las pastillas que tomaba estaban haciendo su trabajo…pero ella también hacía el suyo: Ya no lloraba, ni reía; no hablaba con nadie y apenas si levantaba la cabeza cuando algún sonido la sobresaltaba -un reflejo involuntario, en el que estaba trabajando aún-, se lee en las últimas paginas de aquel diario.
Cuando me mandaron a retirar sus pertenencias al hospicio, encontré un cuaderno que le había llevado su hermano para que dibuje. Había algo escrito bajo el dibujo de una sirena cantando: “Lástima que cuando las sirenas cantaron, mis oídos se habían cerrado para siempre”

2 comentarios:

Alicia M dijo...

Querida Maraia, Maria. Me pareció perfecta y muy triste esta historia. A veces no es que estemos locos. Somos distintos y los otros no se sienten bien con eso. Entonces nos cuelgan el estigma. Que bien lo expresaste. Gracias por volver a escribir. Voy a dejarte algo para cuando vuelvas de vacaciones. Nos vemos a la vuelta...si? Besos.

Roberto Esmoris Lara dijo...

Una cuchillada, un texto filoso...maravilla queleo nuevamente.
Abrazos M